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Archive for the ‘Pequeñas historias de la Gran Guerra’ Category

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Combustible para la batalla Primera Guerra Mundial. Reclutamiento inglésUna de las cosas que más llaman la atención en las crónicas de Gómez Carrillo es ver cómo los soldados son considerados mero combustible para la guerra. Durante su recorrido por el Frente Occidental, Gómez Carrillo lamenta el trágico destino de quienes luchan y el sinsentido que es la guerra, especialmente esta, que depende más de la estrategia, de cómo se dispone a los hombres, que del arrojo o la valentía de las acciones individuales. Por ello, como vemos tantas veces en la actualidad, los hombres se ven reducidos a cifras o masas sin rostro situadas sobre un mapa, a peones cuyo único fin es ocupar terreno para evitar que lo ocupe el enemigo. Este fragmento es especialmente esclarecedor:

«¡Qué extraña cosa es una guerra científica! Los cañones no se ven, los hombres no se ven. Un hilo telefónico une a los observadores que están en sus cuevas, a pocos pasos del adversario, con las baterías de los fuertes. Y los hombres mueren, no obstante, en esas fosas que ya tienen algo de sepulturas; los hombres matan desde sus escondites; los hombres luchan sin moverse, sin verse, sin conocerse… Ayer, nada menos, un Blockhaus que los alemanes habían construido aquí cerca, y en el cual dormían doscientos soldados, recibió un obús de 120 y se convirtió en una tumba. Hoy los franceses han ocupado esa ruina, han enterrado a los muertos, y esta noche, después de reparar el techo de la caverna, dormirán ahí, sin saber si un obús les hará despertarse también en otro mundo».

Pequeñas historias de la Gran Guerra

Enrique Gómez Carrillo

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Estas crónicas venían de la mano de Benito Pérez Galdós, que hizo un prólogo que hemos recogido. Independientemente, queríamos un aire fresco y contemporáneo para arropar esta antología, nos lo ha dado Javier Azpeitia, nuestro auténtico padrino… y un pedazo de escritor. Aquí sus palabras:

«Esta antología se ha realizado, sin perder de vista el criterio cronológico, con una mezcla tan hábil como infrecuente de intuición narrativa y de rigor en el conocimiento de la obra de Gómez Carrillo. Responde al plan de acercarnos paulatinamente, desde la visión general de Francia que posee el autor, a su objetivo central: el comportamiento del hombre en la guerra.

Gómez Carrillo nos está abriendo las puertas de las salas del infierno. Al acabar la visita, el lector contemporáneo, para el que hace ya tanto tiempo que enmudeció el estruendo de aquellos obuses, no puede dejar de salir convaleciente como un soldado alcanzado por la metralla».

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Creyendo que la trinchera situada frente a la mía estaba completamente vacía, di un salto y me asomé al parapeto de los boches. ¡Plum!… Un oficial prusiano estaba ahí, rodeado por un grupo de soldados. Por instinto eché mano a mi revólver, pero al acordarme de que no estaba cargado, tuve ganas de tirarlo… Mi asistente me dijo al oído: «Apunte usted». Yo apunté. Entonces el prusiano levantó las manos, gritándome en inglés: «Don’t shoot…». Aquella frase me tranquilizó el ánimo y me hizo adquirir un gran valor… Le contesté: «A todos los mataré en el acto si no entregan sus armas». Todos entregaron sus fusiles, que mi asistente fue sacando uno por uno… Eran nueve…

Enrique Gómez Carrillo

Pequeñas historias de la Gran Guerra

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A principios de septiembre de 1914 los alemanes se acercaban peligrosamente a París. Mientras tanto, Joffre esperaba con paciencia y Gallieni comenzaba a ponerse nervioso ante la parsimonia de su antiguo discípulo. Ancho es el Marne, y el general alemán Von Kluck había dispuesto bien a su ejército. A pocos kilómetros de París, el frente. En el frente, muchos soldados. Entre los soldados, pocos franceses. ¿Qué intenta Joffre dejando a los alemanes acercarse tanto?, debía preguntarse Gallieni. Pero afortunadamente el gobernador militar de la ciudad de las luces era un hombre de acción: cogió abrigo y sombrero, bajó a toda prisa las escaleras y llamó a un taxi. ¿Taxi? ¡Taxi! ¡Eureka! Acaba de comenzar el milagro del Marne. Gallieni, consciente de la necesidad de enviar rápido más soldados al frente, ordena que todos los taxis y chóferes de París se congreguen en la explanada de los Inválidos. El día 6 de septiembre mil doscientos taxis llevan a cinco mil hombres al frente, y el ejército francés consigue la victoria que cambió el rumbo de la guerra. Así son los parisinos, a última hora cogen y van a la guerra en taxi.

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Os dejamos como aperitivo la dedicatoria que escribió Gómez Carrillo a Campos de batalla y campos de ruinas:

AL SR. D. JOSÉ LUIS MURATURE

Ministro de Reclamaciones Exteriores

de la República Argentina.

Permítame usted, querido amigo, que ponga su nombre ilustre a la entrada de esta galería de horrores.

Cuando estuve en Buenos Aires, hace un año, me pareció notar que muchos argentinos hablan de la guerra en general con un entusiasmo romántico.

Lo que necesitamos para ser un gran pueblo —me dijo un escritor notable— es una gran guerra.

Aquel escritor tenía una noción caballeresca de las luchas entre pueblos. Y, si he de confesar la verdad, yo también la tenía entonces, por no haberla visto sino en los poemas y en los lienzos de los museos.

¡Ah! ¡Crear una leyenda nueva digna de ser perpetuada por un Rubén Darío, por un Leopoldo Lugones, por un Mariano de Vedia; sin duda la tentación parecíanos bella…!

Tiene usted razón —le contesté.

Y he aquí que esta simple frase, pronunciada en un café, entre el humo de los cigarrillos y los vapores del champagne, me persigue desde hace meses a través de los campos de batalla con una persistencia de remordimiento y de obsesión. Porque la guerra, vista de cerca, no es bella, no. Es horrible. Aunque uno se empeñe en engalanarla con festones de heroísmo, la dura realidad aparece siempre en cifras de espanto que se dijeran grabadas por Callot en una plancha de acero.

Por eso quiero gritar a la Argentina y a América con toda mi alma, con toda mi voz: ¡Ved lo que es la guerra!… Ved que no hay en ella armaduras lucientes, ni clarines sonoros, ni bellos gestos heroico, ni nobles generosidades, ni estandartes vistosos, sino sangre, miseria, llamas, crímenes, sollozos…

Mi grito, a usted lo lanzo, querido amigo, porque para mí, como para muchos otros, usted es el representante más ilustre de la futura política argentina. Óigalo usted con benevolencia, y créame siempre su amigo y admirador,

Enrique Gómez Carrillo

Nancy, marzo de 1915

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Este blog tiene como objetivo presentar el libro en el que estamos trabajando, Pequeñas historias de la Gran Guerra. Os dejamos un pequeño adelanto:

Enrique Gómez Carrillo, corresponsal del periódico español El Liberal, recorre Francia durante la Primera Guerra Mundial y escribe las crónicas de lo que allí ve. Capítulo tras capítulo, Gómez Carrillo se adentra en las trincheras, los campos de batalla y las aldeas bombardeadas, y transmite los testimonios de sus gentes. Conversa, entre otros, con un inglés que consiguió capturar a nueve soldados alemanes con un revólver descargado, escucha la historia de un grupo de soldados locos que reían mientras a su alrededor caían las bombas y descubre cómo un soldado alemán se metió una noche en la habitación de una anciana engañado por su bella nieta. Al hilo de estas anécdotas y de sus impresiones, el cronista reflexiona sobre el ser humano y la guerra moderna.

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