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A principios de septiembre de 1914 los alemanes se acercaban peligrosamente a París. Mientras tanto, Joffre esperaba con paciencia y Gallieni comenzaba a ponerse nervioso ante la parsimonia de su antiguo discípulo. Ancho es el Marne, y el general alemán Von Kluck había dispuesto bien a su ejército. A pocos kilómetros de París, el frente. En el frente, muchos soldados. Entre los soldados, pocos franceses. ¿Qué intenta Joffre dejando a los alemanes acercarse tanto?, debía preguntarse Gallieni. Pero afortunadamente el gobernador militar de la ciudad de las luces era un hombre de acción: cogió abrigo y sombrero, bajó a toda prisa las escaleras y llamó a un taxi. ¿Taxi? ¡Taxi! ¡Eureka! Acaba de comenzar el milagro del Marne. Gallieni, consciente de la necesidad de enviar rápido más soldados al frente, ordena que todos los taxis y chóferes de París se congreguen en la explanada de los Inválidos. El día 6 de septiembre mil doscientos taxis llevan a cinco mil hombres al frente, y el ejército francés consigue la victoria que cambió el rumbo de la guerra. Así son los parisinos, a última hora cogen y van a la guerra en taxi.

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«Es usted impresionable e incansable. Es usted ansioso y deseoso; y hemos convenido en que sin escribir versos, es usted un poeta. En el Japón, en efecto, se siente usted un alma de laqueur o un artesano de zatzumas, pero ¿acaso antes en Hungría no se había usted sentido un instinto de tocador de violín?, ¿no me dijo usted una vez que había soñado con hacerse monje en Ávila?, ¿no es usted madrileño cuando le viene en gana, argentino cuando quiere y parisiense de París en todas horas y de todas maneras?…».

 

Rubén Darío

Prólogo a De Marsella a Tokio

 

Os dejamos como aperitivo la dedicatoria que escribió Gómez Carrillo a Campos de batalla y campos de ruinas:

AL SR. D. JOSÉ LUIS MURATURE

Ministro de Reclamaciones Exteriores

de la República Argentina.

Permítame usted, querido amigo, que ponga su nombre ilustre a la entrada de esta galería de horrores.

Cuando estuve en Buenos Aires, hace un año, me pareció notar que muchos argentinos hablan de la guerra en general con un entusiasmo romántico.

Lo que necesitamos para ser un gran pueblo —me dijo un escritor notable— es una gran guerra.

Aquel escritor tenía una noción caballeresca de las luchas entre pueblos. Y, si he de confesar la verdad, yo también la tenía entonces, por no haberla visto sino en los poemas y en los lienzos de los museos.

¡Ah! ¡Crear una leyenda nueva digna de ser perpetuada por un Rubén Darío, por un Leopoldo Lugones, por un Mariano de Vedia; sin duda la tentación parecíanos bella…!

Tiene usted razón —le contesté.

Y he aquí que esta simple frase, pronunciada en un café, entre el humo de los cigarrillos y los vapores del champagne, me persigue desde hace meses a través de los campos de batalla con una persistencia de remordimiento y de obsesión. Porque la guerra, vista de cerca, no es bella, no. Es horrible. Aunque uno se empeñe en engalanarla con festones de heroísmo, la dura realidad aparece siempre en cifras de espanto que se dijeran grabadas por Callot en una plancha de acero.

Por eso quiero gritar a la Argentina y a América con toda mi alma, con toda mi voz: ¡Ved lo que es la guerra!… Ved que no hay en ella armaduras lucientes, ni clarines sonoros, ni bellos gestos heroico, ni nobles generosidades, ni estandartes vistosos, sino sangre, miseria, llamas, crímenes, sollozos…

Mi grito, a usted lo lanzo, querido amigo, porque para mí, como para muchos otros, usted es el representante más ilustre de la futura política argentina. Óigalo usted con benevolencia, y créame siempre su amigo y admirador,

Enrique Gómez Carrillo

Nancy, marzo de 1915

“De lo que se trata es de vivir la vida intensamente, completamente, sin avaricia de pasiones, sin prudencias inútiles… Hay que verlo todo, amarlo todo, lo bueno como lo malo, lo amargo como lo dulce, lo tranquilo como lo peligroso. Vivir peligrosamente, dice Nietzsche, y eso significa vivir en plena fiebre, sin estar seguro de lo que va uno a hacer al día siguiente, sin saber si unos ojos azules que pasan por la calle no van dentro de un instante a desbaratar nuestra paz, nuestro hogar… Vivir, en fin, vivir en una actividad perpetua, y luego descansar para siempre”.
Enrique Gómez Carrillo, en una entrevista con El caballero audaz.

Este blog tiene como objetivo presentar el libro en el que estamos trabajando, Pequeñas historias de la Gran Guerra. Os dejamos un pequeño adelanto:

Enrique Gómez Carrillo, corresponsal del periódico español El Liberal, recorre Francia durante la Primera Guerra Mundial y escribe las crónicas de lo que allí ve. Capítulo tras capítulo, Gómez Carrillo se adentra en las trincheras, los campos de batalla y las aldeas bombardeadas, y transmite los testimonios de sus gentes. Conversa, entre otros, con un inglés que consiguió capturar a nueve soldados alemanes con un revólver descargado, escucha la historia de un grupo de soldados locos que reían mientras a su alrededor caían las bombas y descubre cómo un soldado alemán se metió una noche en la habitación de una anciana engañado por su bella nieta. Al hilo de estas anécdotas y de sus impresiones, el cronista reflexiona sobre el ser humano y la guerra moderna.

Vivimos en una ballena aventurera que se está haciendo mayor. El 11 de junio de 2011 Pequeñas historias de la Gran Guerra (nuestra ballenita) saldrá a la calle para surcar librerías, bucear dormitorios y flotar entre las manos.

¿Preparados para el lanzamiento?

Portada Pequeñas historias de la Gran Guerra. Enrique Gómez Carrillo. Libros de la Ballena